Una de esas noches/madrugadas, en las que la televisión de Puerto Rico te ofrece una variada programación de infomerciales, vi uno de una máquina de ejercicios que te garantiza resultados de revista de esteroides anabólicos. En esta publicidad se repetía constantemente: “The size matters”. Tanto hombres como mujeres lo decían continuamente a lo largo del comercial tan convincente que al final estaba convencido de que el “tamaño importa”, hasta que vi el costo del producto, entonces reflexioné sobre el tamaño y la relación con la belleza, entre otras cosas. Por ejemplo, me preguntaba si el tamaño estaba relacionado con la necesidad de un momento, o si este dependía de lo que era importante para mí. Como sea, no perdí tanto tiempo y desistí de la idea de invertir en el producto, aun reconociendo que el tamaño si importa según el producto y el uso del mismo.
El tamaño juega un papel muy importante para vender. Cuando entro a Sam’s Club en Mayagüez, y luego del cateo en la entrada, están las personas perversas servidoras del mal que te ofrecen una tarjeta de crédito con el gimmick de: “Recibes un 10% de descuento en tu primera compra”; acto seguido se presenta una lluvia de pixeles, alta definición, marcas, denominados smarts, luces, imágenes que se quieren despegar y por supuesto, tamaños. Han bajado tanto de precio que es accesible adquirirlos en tamaños que nunca imaginamos fueran posible tenerlos en nuestras casas, carros, oficina, cuartos, baños, moteles etc. Ya sea en efectivo o a través de un pacto de sangre con Belcebú de plástico, podemos tenerlo desde 40” en adelante, depende de nuestra avaricia y no del tamaño de la habitación. Los televisores de pantalla plana se han quedado con todo.
Recuerdo cuando veía Hawaii 5-0 en casa de mi abuela Carmen en su televisor blanco y negro, en el cuál se buscaban los canales como si fueran emisoras de radio. Ya que soy el hermano mayor de tres, mi única compañía fue la cajita de imágenes hasta que comenzó la fábrica a producir. En mi adolescencia comencé a entender el por qué veía televisión solo en ciertas horas del día y de la noche. Mi padre trabajaba en el Colegio de Mayagüez y como empleado del gobierno en los setenta no recibía un gran salario así que me conformaba con el Panasonic blanco y negro de 13”. Ese amigo/caja/japonés me acompañó hasta mi adolescencia sufriendo en el trayecto cambios que resolvíamos con un gancho de ropa como antena y un alicate para cambiar de canal. Vi las mejores y las peores series de los setenta y ochenta que traducían y emitían los canales de la Isla. En ese mundo imaginé el color del arma con las que Mazinger Z envíaba rayos fotónicos a los “roboces” del Dr. Hell y el Barón Ashler; odié el Planeta de los Simios y todas las películas de Charlton Heston sobre el futuro; vi las pecas de Pippi Langstrumpf como si fueran lunares negros, pero me la imaginé colorá; series como ChiPs, Magnum P.I., MacGyver, Knight Rider, La Isla de la Fantasía, Dukes of Hazzard, La leyenda del Mono Dorado, The A-Team, Starsky & Hutch, El Chavo del 8, El Chapulín Colorado, Arnold (Different Strokes), Three’s Company, escuché a Romero Barceló contestarle a Rafa Bracero: “¿Derrota…qué derrota? , el show de Benny Hill, el estreno en tv de el Padrino y la muerte de Carl Wallenda en vivo, entre otras tantas series y películas que Manolo Urquiza nos presentó.
Para mí fueron suficientes las 13 pulgadas porque al fin y al cabo solo estimularon el engrandecimiento de mi imaginación. Ahora veo las imágenes en tamaños más grandes pero mi imaginación sigue siendo tan dinámica como antes, un poco más exigente, más compleja pero intrigante y emocionante. La imaginación nunca debe ser medida porque estaría limitada a las pulgadas que se le asignen. Como dijo Einstein: “En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Aunque prefiero las palabras de Séneca: "Natural es que nos causen mayor admiración las cosas nuevas que las grandes." No necesité más de 13 pulgadas para hacer feliz mi mente. Dale cabezA.
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