Como a muchos niños latinos de los ‘70 y ‘80, la lucha libre formó parte de nuestras infancias llegando a ser casi culto. Par mi Tití Mary era sagrado escuchar a Rickyn Sánchez y luego al hijo de Doña Amélida, Hugo Savinovich, para ella fue algo inesperado las traiciones de Hércules Ayala, Huracán Castillo hijo, Chicky Starr etc. Me fascinaba hablar de esto con ella por la pasión que emanaba su rostro mientras mascaba chicle para disimular el aliento a cigarrillo. Mi tía y yo teníamos algo en común, la lucha libre. Ella me enseñó que era como una novela, pero ella se la creía más que los besos de Johanna Rosaly y El Puma en Cristina Bazán.
Todas las fantasías tienen un destructor de estas. Mi tío, solía asustarme de niño con una máscara de luchador mexicano y unas cadenas que se colocaba alrededor de su cuello. El problema era que él parecía un tablón para albañil, pero su estima estaba en Pandora (Avatar) y pensaba que se veía cool ya que en ese momento sus aspiraciones eran convertirse en luchador profesional. Debía pesar como 125 libras mojadas cuando salía medio jorobado a asustarme, era “tremendo rudo”.
La lucha libre tomó un giro en mi niñez cuando comenzaron a transmitir Titanes en el Ring una serie argentina muy entretenida, que veía en blanco y negro. El campeón era Martín Karadagian y tenía un golpe que llamaba “el cortito”. Para este tiempo yo tenía unos 10 años y conversaba de otras cosas aparte de lucha libre con los adultos de mi familia. Pero un día, luchando con mi primo comencé a gritar: el cortito, el cortito, el cortito, y mi tío me escuchó y me llamó. Ese día me enteré de la cruda realidad, la lucha libre era mentira, mi mundo se derrumbó, peor que cuando descubrí la farsa de los “reyes magos”, que el cuco era la sombra del flamboyán en mi ventana y ya más en mi adolescencia, que Milli Vanilli doblaban. Mi tío me contó que Martín Karadagian era el dueño de la empresa así como Carlos Colón era el de Capitol Sport Promotions. No lo podía creer, el Campeón Universal era el dueño de la empresa, de repente comenzó a tomar sentido lo que Tití Mary me decía, “es como una novela”. Mi tío derrumbó el mito que se había convertido en algo importante en mi corta vida.
Pero mi creencia cambió cuando en 1985, en el Isidoro García de Mayagüez, Michel Martell moría a manos del Invader 1 luego del puño al corazón. Y le pregunté a mi tío sobre lo sucedido, pues si era mentira cómo era posible que alguien muriera. Y de nuevo me mató la fantasía. Martel murió a causa de un desgaste físico y sofocado por el calor, no del puño vendado del Invader1.
Le hago coro a Miguelito, personaje de Mafalda: “De que me sirve ser niño si no me dejan ejercer”. Dale cabeza.
Estuvo chévere Profe. De hecho, lo más difícil de la vida es aceptar la realidad y deshacerte de la "verdad" que creías y sustituir. La adaptación hacia el desengaño es un mal necesario. Como cuando crees que el oso polar es blanco y en realidad es negro. Ahí debes comenzar a derrumbar ese pensar y construir uno nuevo. No es fácil, pero después te sientes menos iluso y dueño del Mundo. Saludos!
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