Que mala sangre son las personas que cuando te hablan te dicen las cosas como si uno tuviera la culpa de sus penas. Por ejemplo siga esta conversación:
(Suena el celular con un “ringtone” de la canción Jump de Van Halen)
Vivo- ¡Jelou!
El otro- (Con tono de sentida nota luctuosa) Jey, que haces, mano.
Vivo- Na’mano planificando pa’onde vamos, ¿Qué pajó?
El otro- Na’, yo acá, como siempre, solo.
Vivo- Te llamó en 5 minutos y te digo pa’onde es que es, ¿Vale?
El otro- Puej, ta’bien, ni modo.
Vivo- Bai.
Después de media hora el vivo llama al otro.
(Suena el celular con un “ringtone” de los que trae de fábrica)
El otro- Jelou.
Vivo- Mano, mala mía, es que no nos poníamos de acuerdo, pero na’, vamos pal cine y después por ahí a ver que cae.
El otro- Puej, ta’bien.
Vivo- ¿Qué pasa mano? ¿No te gusta la idea?
El otro- No es jeso… na’…olvídalo.
Vivo- No mano pero dime, qué pasa.
El otro – Na’, son boberas mías.
Vivo- Mano, qué pasa. Está bien, donde querías ir.
El otro- Na’ mano, no te preocupes. ¿A qué hora es la tanda?
Vivo- ¿No me vas a decir que te pasa?
El otro- Chico mano olvídalo, vamos pal cine y ya.
Piense por un momento, ¿No les pareció deja vu? Que mucho molesta que te hagan sentir mal por algo que tú no has hecho, ni provocado, ni fomentado etc. Te rompe la cabeza saber que le pasa al otro y eso te pone de mal humor y lejos de poder contagiarlo con tu buena vibra el te contagia con su peste.
El cargo de conciencia es probablemente el peso más grande que podría cargar una persona y es peor cuando no eres culpable pero te sientes culpable de algo que no hiciste. Los padres frustrados son especialistas creando este sentimiento en sus hijos sin importar la edad. Te dicen: “Yo, que te tuve aquí (señalando su vientre) por nueve meses, óyelo bien, nueve meses, míralo bien (te muestran nueve dedos cerca de la cara) nueve meses”. Solo por nacer te hicieron sentir culpabilidad. La viejita o el viejito, comienza a toser más duro y con más flema de lo común cuando quiere atención, no importa que haya sido causado por un enfisema pulmonar por su adicción al cigarrillo, tu corres para saber si es su último suspiro y si es…te culpas por no haber llegado a tiempo, como si tu ligereza fuera a restarle a su condición. Lloras, es normal, y luego te culpas hasta por su enfermedad. Incomprensible.
El efecto de la culpabilidad tiene tanto que ver con nuestras costumbres que el otro día tenía ganas de comerme un Brazo Gitano, así que me compré uno pequeño, sin darme cuenta me lo comí todo y solito (que mordío) y me dio tanto cargo de conciencia que tenía miedo de tirarme un peo cerca de un diabético. Dale cabezA.
No hay comentarios:
Publicar un comentario